"Quiero incapacitar a mi padre"
geriatralatorre • 4 de mayo de 2024
Prevenir problemas financieros y patrimoniales no debe crear sentimiento de culpa
Creo que nunca me lo han dicho con tales palabras. Se suelen usar perífrasis más amables, pero en todos los casos se pueden resumir así: “Necesitamos hacer una operación económica o legal y, como usted puede comprobar, nuestro padre/madre/tío/tía no está en condiciones de decidir ni, por tanto, de firmar”. Lo entiendo perfectamente, y además es lógico que los familiares consulten en primer lugar a quien atiende habitualmente a su pariente enfermo.
De entrada, quiero insistir en que se trata de una situación normal. Los parientes del paciente no deben albergar sentimientos de culpabilidad. Las herencias, las operaciones inmobiliarias, la firma en el banco… La casuística es muy variada y su impacto en el patrimonio familiar puede ser muy relevante para la familia propia y también para la extensa. Con el asesoramiento legal adecuado, nunca es demasiado pronto para prever estos asuntos y evitar problemas mayores.
Lo más práctico y sencillo es la delegación de poderes generales cuando la salud aún se lo permite. Sin embargo, determinar la incapacidad legal de una persona por causas mentales es mucho más complicado. En el diagnóstico de una demencia senil rara vez nos encontramos con pruebas fisiológicas decisivas: ¿qué imagen debe mostrar la placa de un cerebro enfermo de alzheimer para que podamos asegurar que el paciente está incapacitado? Y en las pruebas clínicas los límites aún son más confusos: ¿hasta qué punto la excesiva labilidad emocional puede considerarse patológica y no digamos incapacitante?; ¿un paciente que ha puntuado muy bajo en el mini-mental es incapaz de reconocer la propiedad de unos ahorros?; ¿la pérdida severa de memoria es suficiente para confundir los sentimientos hacia los hijos y nietos? Además, algunas patología mentales, como las de origen vascular, avanzan y retroceden de manera inopinada, no siempre obedecen a la medicación.
Afortunadamente en la tramitación de una incapacidad legal los geriatras y neurólogos no tenemos la última palabra. Al final son los jueces los que, apoyándose en informes de profesionales médicos (y que ostentan además la consideración de peritos judiciales), pueden obligar a una persona a recibir tratamiento médico, o autorizan de forma temporal el internamiento involuntario en una residencia, o sentencian su incapacidad legal basándose en la acreditación de una patología grave y persistente.
Y aunque no es este el lugar para profundizar en asuntos jurídicos, hay que advertir que las personas incapacitadas retienen algunos derechos de actuación, como el de casarse (siempre que el Juez del Registro detecte que en ese momento el contrayente manifiesta la lucidez necesaria para dar su consentimiento). Con este ejemplo no quiero preocupar a los familiares, pero sí resaltar que el Derecho ha creado la figura de la incapacidad (y ahora la consiguiente curatela) para defender a los enfermos, no para perjudicarles. Las dudas, por tanto, siempre ceden a favor de la conveniencia y el derecho del enfermo.

Desde hace muchos años venimos leyendo y escuchando decenas y decenas de noticias esperanzadoras sobre la investigación contra el Alzheimer. Se proponen posibles causas, formas de prevenirlo y hasta tratamientos que podrían ser eficaces. Desgraciadamente, en todos estos aspectos se ha avanzado muy poco. Lo único que podemos asegurar es que la única causa conocida de la extensión de esta tremenda enfermedad es… cumplir muchos años. De ahí que sea precisamente en los países más avanzados, con mayor esperanza de vida, donde más se ceba el Alzheimer: se calcula que una de cada 8 personas mayores de 65 años y casi la mitad de mayores de 85 años padecen esta enfermedad. Una auténtica pandemia. Sin embargo, sería una exageración -casi una falsedad- afirmar que nada se puede hace ante un diagnóstico de Alzheimer. En el terreno estrictamente médico hay tratamientos que pueden suavizar los síntomas y ordenar los ciclos de sueño y descanso, además de prevenir o aplazar enfermedades secundarias y reducir el impacto sobre distintas funcionalidades. Por otra parte, sobre todos en los estados iniciales, está bien acreditada la eficacia del entrenamiento cognitivo y físico en sus diferentes formas. En resumen, ante la afirmación de que nada se puede hacer contra el Alzheimer, se trata más bien de lo contrario: hay mucho, mucho que hacer para médicos, familiares y cuidadores. Es un trabajo, es verdad, exigente, pero los resultados, por modestos que sean, contribuyen a mejorar la salud y la calidad de vida de los pacientes y hacen los cuidados más satisfactorios.